El Amor

El Amor
Que es el amor? Una ventana hacia el alma o solo una mentira milenaria? (Francesco Mazza)

lunes, 10 de septiembre de 2012

La Educacion en La Ciudad y los Perros



“Para esos adolescentes existe un bajo deleite en compartir y exhibir un poco lo peor de sí mismos; poco a poco el colegio va creando en cada cadete una horrible vergüenza de ser manso, de ser bueno, de caer alguna vez en la execrable debilidad de conmoverse…. Padres, tutores, oficiales, todos parecen estar de acuerdo en que ‘hacerlos hombres’ es apenas un eufemismo para designar la verdadera graduación, el formidable cometido de la escuela: hacerlos crueles.”


La educación militar es, o por lo menos era, una obligación para muchos países o sociedades, presentes y pasadas. Desde tiempos remotos, todo joven adulto debía participar en diferentes actividades de estampo bélico para obtener una formación práctica de militar. En el Imperio Romano, por ejemplo, todo hombre desde los 17 años de edad hasta los 60 debía presentar sus servicios a la legión.

Pero en el caso del Colegio Leoncio Prado, los estudiantes no son jóvenes adultos. Los estudiantes son niños, adolescentes a duras penas, si así queremos llamarlos. Desde que cruzan las puertas de la escuela, los jóvenes estudiantes aprenden que la debilidad y el descuido conllevan golpes y humillaciones. En el bautizo de los perros, solo los más fuertes sobreviven, como el Jaguar, el cual a base de fuerza consiguió superponerse a sus verdugos. Por lo contrario, los que aceptan sin rechistar las bravuconerías y las injurias, se revuelcan en un vórtice de dolor y miseria, como el Esclavo.

La educación militar  toma entonces un perverso giro, y en vez de elevar la virilidad de los jóvenes cadetes, esta toma la forma de una educación castrense malentendida. Valores tales como la violencia, o la fuerza bruta pasan a ser valorados como ápices de la formación masculina. La muestra de virilidad compone entonces la mayor competición entre los cadetes, los cuales generan e improvisan perversas competiciones de origen sexual o físico para poder demostrar su superioridad. Pero el problema no solo reside en la falta de un fuerte sentido moral entre los jóvenes, si no en la difundida aceptación que tutores, oficiales e incluso padres tienen sobre la necesidad de expresar la propia moralidad. Muchos son los conceptos erróneos que los oficiales y profesores imparten a sus estudiantes sobre la importancia de la fuerza y la violencia, como por ejemplo la convicción del teniente Pitaluga que una voz fuerte y poderosa denota poder. Desgraciadamente, tales convicciones no solo perversan por el colegio, sino que son convicciones estrictamente arraigadas en la cultura popular.

De este modo, la verdadera graduación del colegio no consiste en formar a los jóvenes cadetes entre las fauces de la crueldad o de la amoralidad, sino forjarlos para poder soportar la crudeza de la vida real; una vida de carácter primitivo y anárquico donde la decadencia humana es de marcada perspicacia. El hombre entonces vuelve a sus formas primitivas y de vida tribal, donde la guerra y la violencia marcan el ritual de pasaje de los adolescentes a la edad adulta. El Colegio Leoncio Prado quiere entonces formar las bases de un futuro donde la rectitud moral, el coraje y la disciplina reinan incólumes. Pero su acción es fútil y dañina. La educación moral que propone no hace otra cosa que acentuar los comportamientos que tanto repudia y evita.

En efecto creo que la idealización que padres y tutores hacen de la educación militar es válida y correcta; no por nada yo le había pedido a mis padre de inscribirme en el bachiller militar cuando vivía en Italia. El problema reside entonces en la inhabilidad del colegio de comprender el daño físico y psicológico que sus métodos de enseñanza tienen en los estudiantes. Por lo tanto tengo que disentir con la crítica de que el ápice de la formación del colegio Leoncio Prado es hacer de los cadetes seres crueles e insensibles. En mi opinión el problema de la educación del colegio es la inhabilidad de los oficiales de aceptar la erroneidad de sus métodos educativos. La formación que imparten se considera tan excelsa y óptima para la virilidad del hombre que los oficiales son incapaces de ver justo eso, que los cadetes no son hombres. Solo son niños que acaban de dejar los brazos de sus madres, incapaces de distinguir lo correcto de lo incorrecto, y lo moral de lo amoral.

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