“Para esos adolescentes existe un bajo deleite en compartir y exhibir un poco lo peor de sí mismos; poco a poco el colegio va creando en cada cadete una horrible vergüenza de ser manso, de ser bueno, de caer alguna vez en la execrable debilidad de conmoverse…. Padres, tutores, oficiales, todos parecen estar de acuerdo en que ‘hacerlos hombres’ es apenas un eufemismo para designar la verdadera graduación, el formidable cometido de la escuela: hacerlos crueles.”
La educación militar es, o por lo menos era,
una obligación para muchos países o sociedades, presentes y pasadas. Desde
tiempos remotos, todo joven adulto debía participar en diferentes actividades
de estampo bélico para obtener una formación práctica de militar. En el Imperio
Romano, por ejemplo, todo hombre desde los 17 años de edad hasta los 60 debía
presentar sus servicios a la legión.
Pero en el caso del Colegio Leoncio Prado, los
estudiantes no son jóvenes adultos. Los estudiantes son niños, adolescentes a
duras penas, si así queremos llamarlos. Desde que cruzan las puertas de la
escuela, los jóvenes estudiantes aprenden que la debilidad y el descuido
conllevan golpes y humillaciones. En el bautizo de los perros, solo los más
fuertes sobreviven, como el Jaguar, el cual a base de fuerza consiguió
superponerse a sus verdugos. Por lo contrario, los que aceptan sin rechistar
las bravuconerías y las injurias, se revuelcan en un vórtice de dolor y
miseria, como el Esclavo.
La educación militar toma entonces un perverso giro, y en vez de
elevar la virilidad de los jóvenes cadetes, esta toma la forma de una educación
castrense malentendida. Valores tales como la violencia, o la fuerza bruta
pasan a ser valorados como ápices de la formación masculina. La muestra de
virilidad compone entonces la mayor competición entre los cadetes, los cuales
generan e improvisan perversas competiciones de origen sexual o físico para
poder demostrar su superioridad. Pero el problema no solo reside en la falta de
un fuerte sentido moral entre los jóvenes, si no en la difundida aceptación que
tutores, oficiales e incluso padres tienen sobre la necesidad de expresar la
propia moralidad. Muchos son los conceptos erróneos que los oficiales y
profesores imparten a sus estudiantes sobre la importancia de la fuerza y la
violencia, como por ejemplo la convicción del teniente Pitaluga que una voz
fuerte y poderosa denota poder. Desgraciadamente, tales convicciones no solo perversan
por el colegio, sino que son convicciones estrictamente arraigadas en la
cultura popular.
De este modo, la verdadera graduación del
colegio no consiste en formar a los jóvenes cadetes entre las fauces de la
crueldad o de la amoralidad, sino forjarlos para poder soportar la crudeza de
la vida real; una vida de carácter primitivo y anárquico donde la decadencia
humana es de marcada perspicacia. El hombre entonces vuelve a sus formas
primitivas y de vida tribal, donde la guerra y la violencia marcan el ritual de
pasaje de los adolescentes a la edad adulta. El Colegio Leoncio Prado quiere
entonces formar las bases de un futuro donde la rectitud moral, el coraje y la
disciplina reinan incólumes. Pero su acción es fútil y dañina. La educación moral
que propone no hace otra cosa que acentuar los comportamientos que tanto
repudia y evita.
En
efecto creo que la idealización que padres y tutores hacen de la educación militar
es válida y correcta; no por nada yo le había pedido a mis padre de inscribirme
en el bachiller militar cuando vivía en Italia. El problema reside entonces en
la inhabilidad del colegio de comprender el daño físico y psicológico que sus métodos
de enseñanza tienen en los estudiantes. Por lo tanto tengo que disentir con la crítica
de que el ápice de la formación del colegio Leoncio Prado es hacer de los
cadetes seres crueles e insensibles. En mi opinión el problema de la educación del
colegio es la inhabilidad de los oficiales de aceptar la erroneidad de sus métodos
educativos. La formación que imparten se considera tan excelsa y óptima para la
virilidad del hombre que los oficiales son incapaces de ver justo eso, que los
cadetes no son hombres. Solo son niños que acaban de dejar los brazos de sus
madres, incapaces de distinguir lo correcto de lo incorrecto, y lo moral de lo
amoral.
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